| Día de la Caza. |
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| Escrito por Miguel Perez |
| Martes 25 de Abril de 2006 11:48 |
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Él observaba la oscuridad atentamente, con sus grandes ojos negros sin iris. Durante la noche veía mejor que un gato. Gatos eran lo que no faltaba en aquellas noches. También ya no eran los mismos. Se habían convertido en animales más traicioneros de lo que sugería la tradición y el ruido de su lucha impiedosa, por las hembras de la especie, llenaba las madrugadas del mundo entero. El traje negro lo tornaba casi invisible, haciendo que se confundiera con las sombras del lugar. Un sutil dolor en el vientre lo hizo recordarse de que ya a días no se alimentaba. La caza estaba, día a día, tornándose más difícil, pero él era el más impiedoso y poderoso de los predadores. Encontraría algo... tarde o temprano. Un movimiento imperceptible, con ojos meramente humanos, a unos cien metros adelante le llamo la atención. Ágil y silenciosamente se deslizo y observó. Era un hombre, su presa favorita, y estaba solo. Seria un objetivo fácil. Rastreando de sombra en sombra, de callejón en callejón, fue acercándose, cada vez más. El humano zarrapastroso revolvía los basureros, aparentemente en búsqueda de algo que le calmara el hambre. Distraídamente ignorante de su destino. Bajaba la ladera sin dejar ni siquiera una lata sin ser inspeccionada. Sacó algo viscoso de una de ellas, la olió, y con expresión de desagrado, la llevo a la boca. Sintió un escalofrío correrle el espinazo de cima a bajo. Era el aviso por el cuál esperaba. Se agarro con firmeza al borde de la lata que tenia adelante, se llenó los pulmones de aire y, de reojo, intentó localizar la fuente de aquella súbita inyección de adrenalina en su corriente sanguínea. No se trataba de un humano común. Tenia los sentidos altamente desarrollados, inclusive la intuición, tan poco usada por los de su especie. Habían sido desarrollados con entrenamiento y no por la fuerza fortuita de una muta génesis como la que originó aquel tipo de criatura que ahora estaba husmeándolo. Con un movimiento rápido, tironeo la lata, echándola al piso atrás de si, desparramando toda la basura y podredumbre, ¿saliendo en disparada luego a seguir? Era un hombre fuerte, por encima de la media, pero aún sabia, que no tenia mucho tiempo. El predador ya debería estar aproximando velozmente sus presas putrefactas de la carne de su cuerpo. No quería morir, sin embargo sabía que todos tenían que dar su cota y él era el único capaz de realizar aquel trabajo, con una pequeña chance de sobrevivir. Corría frenéticamente por las calles estrechas, derrumbando latas y saltando los obstáculos con la mayor habilidad posible, no obstante podía sentir la respiración jadeante del cazador que ya casi lo alcanzaba. No tenía mucho tiempo. Doblo una esquina y salto un foso encubierto por cajas. Pudo escuchar el rugido de su persecutor, este callo allá adentro. Hubo ganado algunos segundos, pero sabía que era solo eso y nada más. Aquello no lo detendría. El predador, al salir del foso, empezó a correr todavía más deprisa, más deprisa, más deprisa... Ya podía sentir el rastro de miedo dejado para tras por aquel pobre y frágil humano muerto. Si, él ya estaba muerto. No tenía chance. Todo estaba terminando. Aquel dolor horrible finalmente terminaría, el hambre acabaría. Hizo un esfuerzo final y con un salto cayo sobre la presa, que golpeo la cabeza en el piso y perdió los sentidos. Con las garras presas en la espalda del hombre en el piso, levantó la cabeza y emitió un rugido aterrador. El capucho de su capa pendió y lo que se vio fue el rostro de un hombre. Un hombre torturado. Torturado por el dolor. Por el peor tipo de ellos. Aquel provocado por estar absolutamente solo. El rostro era pálido y los cabellos rojos y largos. Los ojos... los ojos sin iris eran fríos... vacíos. Cuando comenzaba a bajar su cabeza para dar el golpe fatal una lágrima surgió en el borde de su ojo y ella fue repentinamente iluminada por media docena de faroles de alta potencia. Aquello lo cegó y el mundo se torno apenas ruidos, por algunos instantes, y en seguida vino un golpe. Algo pesado lo atingió en la nuca. Un rugido. Una tentativa desesperada de salir de allí. Otro golpe... y otro... y entonces el silencio. El silencio y la oscuridad. Un último pensamiento pasó por su mente: "En fin la paz... en fin el dolor se fue... " En la noche oscura, barios hombres harapientos festejaban alrededor de los faros, ahora apagados. Uno de ellos recibía curativos, en la cabeza y espalda, de una mujer que parecía ser su madre y era observado por ojos de admiración, por otra, que parecía ser su compañera. La fiesta se prolongaría por varias horas todavía. La alegría era justificada. Varias familias tendrían lo que comer. ¡Hoy! |
| Última actualización - Miércoles 06 de Mayo de 2009 09:37 |

















































Todo estaba tranquilo, ahora. La ciudad ya dormía y las luces estaban apagadas. Su figura indistinta y obscura, deslizaba por la oscuridad silenciosa.