| Un Día de Calor y Una Noche de Frío. |
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| Escrito por Miguel Perez |
| Domingo 23 de Abril de 2006 13:55 |
Ella estaba completamente sola ahora. Todo lo que le restaba era el viento. ¡El viento y el vientre! Ya estaba por terminarse, creía ella, aún no estaba segura. ¡No podía estar!Sentada en la ventana, miraba hacia el desierto del quinto planeta de un sistema furibundo. Con el color de la tarde, le vinieron los recuerdos. ¡Como siempre! Todo estaba en múltiples colores en su mente, limpio. El aire era húmedo y suave, la temperatura agradable. Sus escamas brillaban a la luz de los lampiones. Todos bailaban alegremente y se divertían. Bebían y jugaban, sin culpas. La música que tocaba era antigua, sin embargo todos la conocían. Ella bailaba con uno y con otro, sin hacer distinción. Satisfacía todos los deseos. No había porque preocuparse... En ese instante, el aullido de una ráfaga mas fuerte de viento la trajo de vuelta. El aire era seco y traía dolor. El calor se aproximaba a lo insoportable y de los colores, solo restaba un único... ¡El rojo! El sol, ya casi desaparecía por detrás de las montañas delante suyo. Rojo, caliente, implacable. Ya destruyera todo lo que antes allí hubiera. Plantas, animales... todo... Solo restaba aquella casa grande en ruinas donde se encontraba, unos pocos pedazos todavía visibles de la redoma destruida con la explosión y otros tres edificios desiertos, a la distancia. El resto era polvo, polvo... solamente polvo. En cada ráfaga más fuerte de viento, tanto polvo era lanzado al aire, que nada más podía ser visto, como en una intensa neblina. Cuando el agua empezó a tornarse un elemento precioso en aquel planeta de los confines de la galaxia, las guerras se unieron al sol en la destrucción del viejo mundo. Las cosas que este, que venia más instable a cada nuevo año, tornandose una gigante roja, se recusaba a tocar, las bombas se encargaron de destruir. Ella, la última superviviente de un largo linaje de filosofo-cientistas, era la única de su familia con la capacidad de generar aquella criatura. Un paso a delante en la evolución de su pueblo. No sabia si, en otros parajes, otras estarían pasando por todo aquello, todavía ella estaba a punto de sucumbir. Ya había pensado en quitarse la vida varias beses, mas nunca tuvo coraje suficiente. Aquellas horas eran las más duras. El fin de la tarde. Muchos recuerdos. Sentía mucha falta de un mundo que jamás volvería. A menos para sus descendientes. Adaptados, durante la gestación, por las mutaciones provocadas por el propio ambiente, encontrarían en ese mundo, que era para ella terrible, un buen lugar para desenvolverse. Ese pensamiento le daba fuerzas para resistir. Los ojos serian capaces de ver más aya del rojo. Las narinas, no se resentirían con aquel polvo, por lo contrario, encontrarían placer en el contacto con él. El agua, hoy tan valiosa y deseada, podría ser repugnante a su paladar. Por todo eso debería resistir. Cuándo la última vaharada desmoreció y el polvo volvió a depositarse en el suelo, el sol ya no estaba. Un calofrío sacudió su cuerpo, aún con el calor todavía restante, por el recuerdo desalentador, del frío que vendría acompañando a la noche. Ella se levantó de su silla con dificultad y el cuerpo curvado. La pequeña cola estremecía con las punzadas de dolor. Caminó, no con menos esfuerzo, hasta una especie de hogar, construida de forma rudimentaria con piedras mal talladas, para echar fuego a los pedazos de leña seca que hubo dejado allí, en la madrugada anterior. ¡El frío llegaría rápido! Cuando caminaba en dirección a la puerta, podía observar el polvo que sus pasos levantaban. Un polvo fino era remesado hacia delante, formando una pequeña nube, que a los pocos se disolvía y retornaba al suelo de donde había salido, con una lentitud que hacía par con los días. Sintió un tirón en el abdomen de piel azulada y pensó que quizás fuese esta noche. Quería creer que seria. El sufrimiento tenia que tener su punto final. Miraba a la casa abandonada. Ha tiempos no arreglaba nada. Los recipientes, donde acostumbraba alimentarse, se acumulaban en una bancada con una pata rota, apoyada precariamente en dos bloques de granito, bajo la ventana opuesta. Esa situación no la molestaba más. Todo era pasado. Nada más importaba. Solo resistir hasta el momento cierto. Las horas fueron pasando y la esperanza, de que todo terminara ponto, se fue disipando. Parecía que, una vez más, vería el alba con aquella enorme panza a presionar su vida vacía. El suplicio todavía no terminaría. El postrero dolor no venía y el pensamiento de un día más en aquel mundo terminal la ponía en desespero. Tenia que salir, todavía en el frío de la madrugada, para conseguir algunas pequeñas ramas para calentar la noche siguiente. Aguantarse el calor sufocante racionando agua. Soportar la soledad y el dolor en la conciencia de haber sido una mas de la manada que caminó ciega hacia esa situación. Sus escamas rozaban ásperas las unas sobre las otras, por la falta de hidratación. Ella, que nunca havia sido de tenerle lastima a nadie, ahora se compadecía de ella misma. Tan bonita en el pasado de fiestas y frivolidades. De escamas tan brillantes y espíritu tan alegre. Se sentía un reptil del desierto profundo. No se veía hacía mucho tiempo, sin embargo tenia una razonable conciencia del estado en que se encontraba. Podía notar la aspereza de su cresta. Escuchaba el ruido extraño que hacia al andar, con las escamas de los miembros inferiores raspando unas con las otras. Se partían vez por otra, pero todo eso nada seria, no fuesen la panza, el calor extremo de los días y el frío cortante de las noches. Buscaba refugio en el pasado y eso la hacía pensar en el futuro. ¿Cómo seria su mundo cuando fuera tomado por la generación mutante? Imposible llegar a una conclusión. Las mutaciones no serian apenas biológicas. El aparato sensorial diferente haría, de esa nueva generación, una nueva raza, completamente diversa de aquella que la estaba generando. Pensarían, sentirían y actuarían, de acuerdo con sus nuevos sentidos, los cuales ella no podía imaginarlos, y ni siquiera sabrían por todo lo que se paso. Del camino recorrido hasta allí. ¿Cometerían los mismo errores? ¿Se dejarían llevar, o encontrarían el verdadero camino? El camino del cuál ella ahora tenía conciencia, pero ya no podía pisar. No había forma de alertarlos. Nadir restaría para contar a los nuevos como hubía sido en el pasado. Todo tendría que recomenzar. Un recomienzo es siempre, una nueva chance. Una oportunidad de acertar, de mirar hacia el cielo y reconocer en el universo un camino a recorrer. ¿Se darían cuenta de que no eran los únicos? ¿Conseguirían profundizarse en el misterio? Cuándo los de su pueblo descubrieron que el negro de la noche escondía más que lampiones distantes – millones de posibilidades y misterios a desvendar – comprendieron que el universo es un ente en desenvolvimiento. Que la inteligencia es uno de los caminos de esa entidad intentando desvendar a si misma. Ya no restaba tiempo. El mismo universo ya decretara su sentencia. ¡Condenados! Pero aún algo podía ser echo. Nada que pudiera cambiar la sentencia, todavía desviar sutilmente sus resultados. Un grupo, del cuál ella hizo parte, trabajó en procedimientos genéticos, orientando ciertas capacidades intrínsecas de adaptación, para que posibilitaran lo que estaba ocurriendo. La gestación de una criatura que guardaría determinadas características de la madre, tales como, inteligencia y otras capacidades, consideradas como siendo el diferencial de la especie, e incorporaría otras, desenvueltas en laboratorio, con el objetivo de posibilitar la existencia en el nuevo ambiente. El proceso puesto en marcha ahora estaba próximo a su fin. Cinco horas después del caer de la noche, con los vientos dos veces más fuertes que en la anterior y el frío característico, peor de lo que jamás fuera, llega el dolor postrero. La criatura escamosa se acostó y se contorció en el piso. Emitiendo apenas un único gemido vio a su vientre rasgando al medio, sus fluidos corporales derramados en el suelo polvoriento y finalmente pudo ver su cría, perfecta, saludable y fuerte, lista para sobrevivir en aquel mundo, que para ella era tan duro e inhóspito. ¡Había triunfado! Había soportado tiempo suficiente todo aquel dolor para dar a la luz, la nueva criatura, adaptada a aquel mundo. Capaz de ver y sentir toda su belleza. Ahora era hora de alimentar a su chiquillo. La pequeña criatura rastreó para fuera del vientre abierto de su madre asta llegar a la garganta, donde paro, y con una única mordedura, dilaceró la traquea. La madre, en pocos instantes, estaba glorificada, asfixiada, sabedora de haber cumplido su papel. La evolución seguiría su curso. La refacción duró unas seis o siete horas y nutrido, el pequeño nuevo ser, hibernaría por unos dos o tres meses. Después estaría suficientemente desenvuelto para ir a buscar comida ellá afuera. !El sol ya necía otra vez! |
| Última actualización - Miércoles 29 de Abril de 2009 17:17 |

















































Ella estaba completamente sola ahora. Todo lo que le restaba era el viento. ¡El viento y el vientre! Ya estaba por terminarse, creía ella, aún no estaba segura. ¡No podía estar!