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Tempestad PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Miguel Perez   
Jueves 27 de Abril de 2006 21:14
Soplaba un viento suave a la orilla del mar. La noche era de luna llena. El cielo estaba limpio y repleto de estrellas. Hacia mucho frío.
Era una noche agradable como pocas. A meses que la tempestad no daba tregua, pero a él ya no interesaba, ya no traía alegría. Todo que le era caro estaba perdido. Perdido para siempre. La suavidad de los días pasados se había ido. ¡Él estaba solo!
 
El miedo le llenaba el pecho y lo dejaba paralizado. ¡Allí! Bajo la copa de un árbol pasara los últimos días. Encogido. Solo saliendo del abrigo que el árbol le proporcionaba para buscar comido una vez pro día. A veces no tanto. Con la tregua de las tempestades, podía oír claramente el ruido de las olas y de las hojas de los árboles. Aquel ruido lo calmaba y él lentamente serró los ojos. Su respiración se tornó más profunda y finalmente se durmió.
 
No estaba más en el mismo lugar. No era más l misma figura deprimente de instantes atrás. Era ahora un hombre fuerte, señor de sí mismo, de perfil aquilino y ojos extremamente claros; de un azul casi blanco. Media cerca de dos metros de altura. Tenía longos cabellos rubios, espesos y enmarañados que eran lanzados de un lado a otro por el fuerte viento que lo golpeaba. Hacia mucho frío, peor estaba protegido por un largo poncho negro de tejido groso y deshilachado abajo.
 
Miraba hacia el horizonte distante con ojos fríos que completaban un rostro anguloso y cubierto por una barba bien cuidada. En ese instante serró los ojos y contemplo el valle delante de él con la mirada interior. Lo vio todo que veía antes. Las montañas distantes y sus picos nevados, el río corriendo veloz, centenas de metros abajo, la vegetación rastrera, algunos animales y la orilla del despeñadero donde estaba.
 
Abrió los brazos y los ojos y se lanzó.
 
Su cuerpo caía rápidamente. Con los brazos abiertos y su poncho negro pareciendo grandes alas, él adquirió la apariencia  de una gigantesca ave predadora en zambullón para aplacar su presa.
 
Cuando ya estaba próximo al suelo su cuerpo deslizó como un hoja capturada por una corriente de aire, dibujando una parábola mirando hacia arriba, ganando altitud. Empezó a carcajear y con los ojos bien abiertos, observaba a todo en su alrededor. Sentía al aire frío que le recorría el cuerpo por debajo del poncho, pero aún no lo molestaba. El ancho cielo estaba completamente azul y le llenaba el pecho con profunda felicidad.
 
Con leves movimientos de su cuerpo, cambiaba la dirección de su vuelo y ese dominio de la situación de daba mucho placer. Deslizó por encima de los bosques, dio rasantes sobre las sabanas y jardines y pasó tan cerca de las flores que pudo sentir su aroma. Después, subió tan alto, que pudo contemplar los picos helados de las montañas allá abajo, como si fuesen pequeños grumos de nieve. Sobrevoló los cuatro rincones del mundo y regresó a su valle, en el instante entre un segundo y el otro.
 
Ahora estaba siguiendo el curso del río. Un río de aguas veloces y transparentes, que lo conducían por entre desfiladeros y valles desolados. Asta que a la distancia, avisto el mayor de todos los desfiladeros. Su corazón se llenó de amargura y miedo. Una amargura y un miedo incontestables. Sus rasgos poderosos se tornaron tristes y lo alcanzó un deseo incontrolable de volver. Pero entonces se descubrió incapaz de hacerlo.
 
Ya no tenía el control de la situación en sus manos. El vuelo, que tenia su propio curso ahora,  seguía rumbo al mar azul. El cielo fuera cubierto por espesas nubes negras. Rayos y truenos retumbaban por toda parte. El mar ya estaba visible y el fin del desfiladero se aproximaba. Empezó a ganar altitud y cuando finalmente salio del desfiladero y pudo avistar la playa, allá vio a un árbol. Abajo del árbol, podía reconocer a un bulto indistinto que, a pesar de distante, pudo reconocer como a él mismo. Eso hizo a su pecho doler y le freno la respiración, por unos instantes, entonces con un gran esfuerzo de voluntad, logró ganar altitud.. Y más... y más... Asta pasar las nubes y avistar al sol.
 
Un trueno retumbó.
 
Abrió los ojos.
 
Él era el mismo otra vez. La lluvia havia recomenzado. El hambre todavía estaba allí.
 

Serró los ojos y lloró.

Última actualización - Miércoles 06 de Mayo de 2009 09:35
 

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